Cuando se habla de sexo, indica un constructo biológico: femenino
vs masculino, estableciendo una metáfora idílica entre el pene y la vagina. Sin
embargo cuando se habla de moda, esta dicotomía, codificada culturalmente, se construye socialmente y se representa a través
de la cultura: rosa-nena vs azul-nene. El género es lo que la gente hace:
afeitarse las piernas, aplicarse maquillaje, taparse la cara con un velo; es
decir, es una prescripción, un estereotipo de lo que hombres y mujeres DEBEN
hacer, que incluye el modo en que han de vestir.
Estudios multiculturales indican que virtualmente en la mayoría
de las culturas el roll masculino se considera más importante que el femenino. Es
por esto que la perspectiva feminista resuena, habiendo énfasis en que el género
no es un concepto neutro, ya que envuelve una relación de poder. Durante años la imagen de la mujer ha sido
representada como un objeto pasivo, donde el hombre actúa y la mujer se asoma. Según
el teorista John Berger:
“El hombre mira a la
mujer, mientras que la mujer observa mientas es vista. Este acto, no solo
determina la relación hombre vs mujer, sino también la de las mujeres mismas.”
Las representaciones actuales de las mujeres incluyen un perspectiva
muy cerrada sobre la idea de belleza, generando contrariedad de autoestima, pues
las revistas ilustran un ideal de belleza inalcanzable. Claramente el sexo
vende y la silueta femenina, es enormemente consumida en el mundo de los
medios y la moda. Pero no se trata de cualquier silueta, sino de una
hegemonizada en el discurso cultural: flaca, joven y blanca.
Aunque a partir de los años 80’s se empezaron a ver imágenes
de hombres mostrando mucha piel, exponiendo sus cuerpos atléticos principalmente
sus torsos, aun se estudia si esto modifica la relación de poder entre la mujer
y el hombre.

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